jueves, 5 de julio de 2012

Interludio en Rapa Nui


Hola, soy Jaime Azcárate y estoy contandoos cómo tuvo lugar mi primera aventura en Egipto cuando tenía 16 años.

La semana pasada no pude publicar en el blog porque tuve que marcharme de viaje a la Isla de Pascua para investigar la verdad sobre los moais, las gigantescas esculturas que fueron descubiertas en la isla allá por el siglo XVIII y de las cuales aún no se sabe qué representan, cuál era su función ni cómo fueron levantadas.


Tras una discusión en Facebook con unos amigos sobre las probabilidades de que esto fuera verdad, mi jefa Laura Rodríguez me puso en un avión para que fuera allí y trajera información de primera mano sobre este misterio que, de confirmarse, podría desbaratar las teorías sobre el origen de la Humanidad, ya que supondría que los moais de Pascua son mucho más antiguos de lo que se supone.

El caso es que he estado allí y, aunque me pese decirlo, la noticia es un fake como el templo de Luxor. Ninguno de los moais tiene la altura que esos medios les atribuyen, y el único jeroglífico que he visto fue en el aeropuerto, en una revista de pasatiempos, entre el sudoku y la sopa de letras.

Sí es interesante la teoría de que los moais pudieron llegar a su ubicación actual "caminando", tal como intentaron demostrar en un experimento publicado hace poco por National Geographic. Pero todos aquellos que se frotaban las manos esperando encontrar la conexión definitiva entre las culturas antiguas de nuestro planeta y la Atlántida o los extraterrestres tendrán que esperar un poco más.

Lástima.




En fin, que la semana que viene os cuento más cositas de mi primera viaje a Egipto, que no se me olvida. Ahora voy a ducharme para quitarme la carbonilla.

Besos y abrazos,

@JaimeAzcárate

viernes, 22 de junio de 2012

Miedo a volar


Me iba a Egipto con Harry Grey, un periodista explorador y aventurero. Y por más que me mentalizaba, no podía creerlo.

A pesar de nuestras charlas telefónicas diarias, yo cada vez me sentía más inquieto. Uno de los motivos fue la indignación de mi amigo Alfonso porque me iba a perder el maratón de videojuegos que llevábamos meses planeando. Aunque cuando le expliqué el motivo aseguró alegrarse mucho por mí, lo cierto fue que le hice una faena.

La otra razón por la cual no podía conciliar el sueño era la idea de tener que viajar en avión. A ver, no era tan gallina. Ya había montado en avión, y recordaba que la experiencia me gustó. La emoción del despegue, cuando las ruedas se separan del suelo y empiezas a subir y a subir, y aquello parece no acabar nunca, y miras por la ventanilla y ves el mundo como cuando miras un mapa, y te baila el estómago, el píloro, la riñonada, y piensas que vas a echar la pota de un momento a otro y a llenar todo de vómito como Gordi en el cine o Terry Jones en El sentido de la vida. Eso fue soportable. Lo que no me gustó tanto fue la cagalera que agarré al llegar a Palma de Mallorca. No sé si fueron los nervios, la comida del avión o las turbulencias (que hubo pocas pero hubo), pero estuve un par de días casi sin poder salir del baño. Eso traumatiza a cualquiera, y la idea de volver a subirme a un avión para viajar a un lugar tan lejano y exótico como Egipto me provocaba cierta intranquilidad en el estómago.


Como no podía dormir, por las noches releía los libros de mi tío Felipe. Aquellas palabras escritas tantos años antes sonaban en mi cabeza con su voz grave y serena, como si las estuviera pronunciando para mí. De vez en cuando cerraba el libro y miraba la fotografía de la solapa. En todos era la misma. Una foto en blanco y negro de mi tío sonriendo ante una de las tres famosas pirámides, con pantalones cortos, camisa de explorador y un sombrero de tela calado hasta los ojos. Llevaba en la mano un bastón sobre el que se apoyaba con naturalidad y se le veía tan feliz como siempre le recordaré. Y eso que creo que él sólo era feliz en tres ocasiones: cuando estaba por ahí explorando ruinas, cuando se sentaba ante sus cuadernos a escribir con todo detalle sus aventuras y descubrimientos... y cuando venía a contármelos a mí y yo le escuchaba con fascinación y la boca abierta. Otros niños esperaban la visita de sus tíos o sus abuelos porque solían traerles chucherías. A mí el mío me traía historias tan dulces como el mejor de los caramelos y tan exóticas como una tonelada de chicles de piña.

En sus historias primero y después en sus libros me enteré de que en aquel lejano país llamado Egipto había florecido una de las más misteriosas civilizaciones de la Historia (a mi tío le gustaba escribirlo así, con mayúscula). Gentes que habían vivido cinco mil años antes que nosotros y que habían sido capaces de crear un gran imperio, dominar las técnicas agrícolas, la navegación, y que habían erigido gigantescos monumentos como la gran esfinge o las pirámides, llenos de misterios muchos de los cuales aún estaban por desvelarse. 


Sabía que los egipcios creían en la vida detrás de la muerte, que momificaban a sus muertos para garantizarles una existencia en el Más Allá, que vivían, trabajaban y morían bajo el auspicio de enigmáticos dioses, mitad humanos mitad animales, como Horus, Anubis o Ra. De todas las civilizaciones antiguas, la egipcia era quizá la que más estimulaba la imaginación, y de hecho una de las salas más populares del Museo Arqueológico era la dedicada a Egipto, con sus momias humanas y también de halcones, gatos y cocodrilos. 

Fue un gran pueblo en el que convivía la magia con la ciencia, el poder real de los faraones con la voluntad del pueblo, la vida con la muerte... y los vestigios de todo aquello se alzaban aún sobre las arenas de aquel país en el que yo iba a poner los pies en menos de una semana. ¡Era sencillamente increíble!

En clase me dedicaba a fardar, y aunque la mayoría de mis compañeros no lo demostraban, yo sé que en el fondo les corroía la envidia. Era cierto que envidiaban más el hecho de que fuera a saltarme los exámenes que el viaje en sí, pero la envidia estaba allí y eso me hacía disfrutar.

Entonces, justo un día antes de marcharme, ocurrió la pesadilla.

Pero os dejo con las ganas hasta la próxima entrada del blog.

jueves, 14 de junio de 2012

Generaciones alternas


Las noches que siguieron fueron las más largas de toda mi vida, con la excepción de la que relataré más adelante. En contra de todos mis pronósticos y esperanzas, mis padres me sorprendieron aceptando la idea de Alicia y el doctor Queraltó, aunque no faltaron las discusiones.

—Está bien, Adela. Que se vaya. Así a lo mejor se le pasa la tontería.

—¿Qué tontería? Al niño le vendrá bien ver mundo. Seguir los pasos de su tío. Eso es lo que ha dicho el psicólogo.

—Ver mundo, ver mundo... ¿Eso qué tiene de bueno? El mundo ya no se ve, Adela. Ahora todo está en los documentales y las revistas. Acuérdate de nuestro viaje de novios. En esa época todo era distinto, hacía ilusión viajar, te sorprendías. Hoy sin embargo no hay nada que sorprenda porque lo hemos visto todo en la tele.

—¿Nuestro viaje de novios, Fernando? ¡Pero si fuimos a Baracaldo, a casa de tus padres!

—¡Ya, bueno, pero no lo conocíamos! ¿O sí? En cambio manda a un chaval de los de ahora a Baracaldo y verás lo que te dice. ¿Tengo razón o no?

Mi padre es un hombre raro. Su interés por la Historia Antigua y las civilizaciones perdidas se reduce a lo que cuentan los libros. En la práctica le da miedo hasta ir a comprar el pan, por si le atracan. Algún viaje ha hecho, casi siempre por trabajo, y lo ha disfrutado. Pero en cuanto vuelve a casa, decide que como allí, en  ningún lado, y cuesta un riñón volver a sacarlo. Que se lo pregunten a mi madre.

Mientras tanto yo experimentaba una especie de emoción parecida a la ansiedad como no había sentido nunca. Estaba seguro de que quería acompañar a Harry Grey a Egipto, a escribir con él ese reportaje sobre la tumba recién encontrada por un equipo de compatriotas míos. Me apetecía conocer aquel lugar tan exótico con el que mi tío había alimentado mis sueños de infancia. Pero al mismo tiempo, no sabía si estaba listo para una aventura así.  ¿Y si me picaba un escorpión, me mordía una cobra o me comía un cocodrilo? Os recuerdo que en mis ejercicios de supervivencia he tenido que comerme toda clase de bichos, pero todos reunían dos condiciones: 1) No eran venenosos, y 2) Eran más pequeños que yo. Vamos, que no me veía defendiéndome de un cocodrilo a bocados.


Tales eran mis inquietudes, y una mañana no pude evitar llamar a Harry Grey por teléfono para compartirlas con él.

—Tranquilo, Jaime. No hay ningún peligro que no se pueda prevenir. Ésa es la esencia de la aventura. El que busca el peligro pierde la vida. Pero el verdadero aventurero no es un loco temerario, sino alguien que tiene a su disposición las claves para sortear cualquier adversidad y sabe ponerlas en práctica en el momento adecuado.

Miré hacia la pared y tuve la impresión de que Indy asentía con la cabeza desde el póster.

Hazle caso, chaval. Sabe de lo que habla.

A continuación Harry dijo una frase que me dejó pegado al borde de la cama.

—Todo eso tu tío lo sabía mejor que nadie. Lo llevas en los genes, Jaime, así que no tengas miedo.

—¿Co... conocías a mi tío?

—La verdad es que nunca había oído hablar de él hasta que lo nombró Alicia —Hizo una pausa, y el breve silencio pareció ocultar la verdadera naturaleza de su cita con mi profesora—. Luego estuve investigando y me pareció un hombre con una vida fascinante. Para ser un aficionado publicó algunos libros muy bien considerados en el mundillo.

—Pero no tanto dentro de su familia. Mi madre siempre pensó que era una mala influencia para mí. Y mi padre tres cuartos de lo mismo.

—Eso siempre pasa. Los Grey también somos de generaciones alternas. Mi abuelo era un fanático de la historia y la arqueología. Sin embargo mi padre salió urbanita y adicto a la Bolsa. Hay veces que la herencia genética no nos viene de los padres sino de los abuelos. O, como en tu caso, de los tíos abuelos. 

—Mi padre es catedrático de Historia —dije—. En una de sus investigaciones conoció a mi tío Felipe, se hicieron amigos y acabó casándose con su hermana. O sea, con mi madre.

—¿Y se llevaban bien? Tu tío y tu padre, digo.

—Se tragaban, pero eran muy diferentes. Mi padre lo buscaba todo en los libros, mientras que mi tío, en cuanto reunía un poco de dinero, se iba a dar una vuelta por el mundo.

—¿Y tú a quién te pareces?

Me encogí de hombros, incapaz de contestar a esa pregunta. 

Aunque supuse que era precisamente la cuestión a la que el viaje ideado por Alicia, el Dr. Queraltó y Harry Grey pretendía hallar respuesta.

sábado, 9 de junio de 2012

Las tres edades


Minerva murió esa noche. Yo estaba enfrascado en la lectura del libro de Jack London cuando miré hacia su terrario y la vi más quieta de lo habitual. Al acercarme descubrí que ya no estaba, que se había ido. Como mi tío Felipe. Aunque no tenía ninguna prueba de que mi tío Felipe estuviese muerto, mientras que Minerva exhibía ante mí su cadáver, duro y frío. Me senté en la cama y lloré en silencio. Luego, con la primera claridad del alba, cogí su cuerpecito sin vida y lo metí en una gran caja de cerillas que llevaba años en la cocina. La enterré en una maceta con geranios antes de volver a la cama. Pero ya no me apetecía seguir leyendo, así que me quedé quieto, mirando amanecer por la ventana.




Buenas tardes, Jaime —saludó Alicia Velamazán cuando, precedido por mis inexpresivos padres, entré en la biblioteca del instituto a la mañana siguiente—. Fernando, Adela...

La biblioteca era un lugar caluroso y agradable, uno de los pocos de aquel edificio de ladrillo gris cuya fealdad sólo encontraba semejanza en el horrible gimnasio. Yo solía visitarla con frecuencia, y no había semana que no tomara prestados varios libros, casi siempre novelas de aventuras o manuales de historia, arte o arqueología que hacían que mis compañeros me miraran como si se hubieran tragado una araña viva (cosa que hacía también de vez en cuando). 

Quitando a mi amigo Alfonso, que aun así era más adicto a las consolas que a esos primitivos artefactos con páginas, tinta y tapas, los demás no entendían que pudiera emplear mi tiempo libre en la lectura de aquellos tochos sobre lugares lejanos, rotos y llenos de polvo que, según ellos, no podían interesar ni siquiera a las personas que los construyeron. Una vez más, había que culpar a mi tío Felipe de mi inadaptación.



A diferencia de otras veces, Alicia pidió a mis padres que esperaran fuera un segundo mientras hablaba conmigo.

         —¿Qué ha hecho esta vez? —masculló mi padre abriendo y cerrando las manos rápidamente, como si echara de menos sus documentos sobre los hititas y estuviera a punto de sufrir una crisis de ansiedad.

—No ha hecho nada, no se preocupe. Es sólo que antes de la reunión necesito hablar a solas con él. Pueden esperar en la cafetería, les llamaré enseguida.

Mis padres se fueron refunfuñando y yo me quedé pálido como una vela cuando Alicia me guió a una mesa al fondo de la biblioteca a la que estaban sentados dos hombres. A uno de ellos era normal verlo allí; pero el otro...

         —Hola, Jaime —saludó el doctor Raimundo Queraltó por debajo de su bigote de foca.
         
          —¿Cómo está, doctor? —pregunté sin poder quitarle la vista de encima al otro hombre.

Alicia lo señaló con la mano abierta antes de sentarse.

—Jaime, permíteme que te presente al señor Harry Grey.
         
            Fue un detalle que me lo presentaran, aunque yo ya lo había visto antes. Era el sujeto alto de la cazadora caqui, el pelo largo y rubio y la barba de tres días que estaba aquella mañana en el museo. El mismo por el que Sheila y Mónica babeaban sin recato mientras Quicote y yo nos zurrábamos por el suelo. 

         Le conozco dije. Usted estaba en el museo arqueológico ayer por la mañana.

         —Buena memoria —repuso él con acento así como yanqui.  A ojo tendría unos treinta y cinco años, aunque las arrugas que se le formaban al sonreír indicaban que había vivido lo suyo. Estoy seguro de que te será difícil olvidar ese día.

Sí, bueno... Me imagino que Alicia y el doctor le habrán dicho que tuve mis razones para hacer... aquello que hice De pronto me sentí extraño. ¿Qué tenía que ver aquel tipo con pinta de fotógrafo del National Geographic conmigo? Eso me llevó a formular una pregunta—: ¿Qué han hecho con mis padres? ¿Los han secuestrado?

Tus padres están bien —respondió Alicia— Les hemos pedido que nos dejen hablar a solas contigo un momento porque tenemos algo que proponerte y no queremos que te dejes condicionar por lo que ellos puedan decir.

Verás —empezó el psicólogo—. El señor Grey es historiador y, entre otras cosas, colabora con una importante revista sobre arte e historia:  Worldwide Magazine.

—¡La conozco! —exclamé entusiasmado—Este mes trae un DVD sobre los Tartessos.

La misma asintió Harry Grey.

Pues resulta que el señor Grey viaja dentro de dos semanas a Egipto para hacer un reportaje sobre una tumba que unos arqueólogos españoles han descubierto en Deir-el-Bahari.

Ah, eso suena muy interesante dije porque era lo que de verdad pensaba, aunque seguía sin saber qué tenía eso que ver conmigo ni por qué aquellas tres personas tan inteligentes estaban en ese momento conmigo en la biblioteca contándome toda esa historia.

¿Recuerdas lo que te dije de completar tu viaje, Jaime? me soltó a bocajarro el doctor Queraltó, y tras asentir yo con la cabeza, fue Alicia quien añadió:

He hablado con Harry y hemos pensado que tal vez te gustaría acompañarle en su viaje.

Menos mal que no estaba bebiendo nada, porque si no me habría atragantado. ¿Era cierto lo que acababa de oír? El psicólogo con mostacho de foca y la sosa de mi tutora me proponían irme con el tío de la chupa caqui... ¡nada menos que a Egipto! ¿Y por qué puñetas Alicia se había referido al señor Grey como "Harry"?

Bueno, eso daba igual en aquel momento.

Egipto. Ese país del norte de África donde surgió una de las primeras civilizaciones del mundo, donde hace milenios alguien construyó unas enormes estructuras en forma de pirámide y donde algunos imbéciles como mis compañeros de clase creen que la gente va siempre de perfil. ¿Me estaban hablando a mí? ¿Se referían a ese Egipto? La biblioteca me daba vueltas.

¿Sorprendido? preguntó Harry.

Bueno... Yo... No me... La verdad. ¿Egipto dicen?

—Alicia me ha dicho que naciste cerca de allí.

—Mis padres hacían un crucero cuando yo vine al mundo, sí. Pero no entiendo... ¿Por qué yo?

—Ayer Harry vio lo que hiciste en el museo arqueológico —explicó Alicia, y yo, aunque ya lo sabía, me ruboricé—. Cuando os expulsé a Enrique Faraco y a ti, él vino a preguntarme quién eras y me contó lo que en realidad había ocurrido. Dijo que le interesaba conocerte y...

—En cierto modo me recordaste a mí de joven, Jaime —interrumpió Harry Grey, cuyo nombre a esas alturas ya me sonaba como a dios de alguna mitología—.  Yo a tu edad también me metí en líos para defender aquello en lo que creía. De hecho, temo que lo sigo haciendo —añadió con una sonrisa dirigida a Alicia.

—El caso es que Harry y yo fuimos a tomar un café, le hablé de ti y... bueno. Me hizo esta propuesta.

El problema es que tengo exámenes y... mi tortuga ha muerto esta noche, y... no sé si mis padres...

Lo de tus exámenes está arreglado —me interrumpió Alicia—. He hablado con la directora y está conforme con lo que le he propuesto. Puedes hacer el viaje siempre y cuando a la vuelta me traigas un completo trabajo con tus experiencias.

En cuanto a tu tortuga dijo Harry Grey lo siento de verdad. Yo también tuve una tortuga. De hecho llegué a tener siete. Y una culebra. Se llamaba Josephine. ¿Cómo se llamaba tu tortuga?

—Minerva.

—Minerva —repitió él complacido, como si hubiese nombres buenos y nombres malos para tortugas y aquél fuera uno de los buenos—. Pues ya poco puedes hacer por ella, Jaime. Lo mejor es que la archives en tu memoria para no olvidar jamás los buenos ratos que habéis pasado juntos, y sigas viviendo. La vida está hecha para mirar hacia adelante.

Aquel discurso filosófico estuvo a punto de convencerme. Minerva, igual que el tío Felipe, formaba ya parte de mi estructura como persona del mismo modo que un donete ayuda a componer una caja de donetes. Sin embargo no pude evitar hacer una pregunta:

Si dice que en la vida hay que mirar hacia delante, ¿por qué a Egipto? Por lo que sé es uno de los sitios más antiguos del mundo.

Tienes razón —rió Harry—. Pero es que muchas veces las respuestas del futuro están en el pasado. Bien ¿qué nos dices?

Pues les digo que hay un problema que no hemos abordado respondí un poco triste, ya convencido de que lo único que quería en el mundo era irme a Egipto con aquel hombre del que no sabía prácticamente nada—. ¿Mis padres saben algo de esto?

Harry miró al doctor Queraltó que a su vez miró a Alicia.

—Aún no. Pero ya te dije que antes queríamos saber tu opinión.

—Pues quizás fuese importante conocer la suya.

El psicólogo asintió.

Cierto, más que nada porque son ellos quienes te van a pagar el viaje.


Cuando mi tutora se levantó y salió de la biblioteca para llamar a mis padres, tuve una sensación extraña. Era casi como si la puerta fuera el umbral que separaba dos mundos totalmente distintos. Fuera estaba Alicia con mis padres, el instituto, la vida misma... y dentro, junto a mí, ese misterioso Harry Grey que me proponía unirme a la que podría ser la aventura de mi vida. Era como un cuadro que había visto en una visita al Museo del Prado. Se llamaba “Las edades y la muerte", del pintor Hans Balgung Grien. En él aparecían un bebé, una mujer joven, otra vieja y un esqueleto con un reloj de arena simbolizando la muerte.  Pues aquello era casi igual. Estaba yo, que era el pardillo. Luego Harry Grey, el aventurero de carne y hueso en contacto con el mundo. Y por último mi tío Felipe, el hombre sabio, soñador y desaparecido.


Interrumpieron mis reflexiones unos gritos procedentes del otro lado de la puerta. Sin duda, Alicia ya había adelantado algo a mis padres. La tensión se mascaba en el pasillo y la tragedia era inminente.

Se abrió la puerta de la biblioteca y yo tragué saliva.

(CONTINUARÁ...)

jueves, 31 de mayo de 2012

De ratones y hombres


El doctor Raimundo Queraltó me trataba desde hacía dos años, exactamente desde el día en que mi profesor de ciencias naturales me descubrió intentando comerme un ratón.

Estábamos de excursión en La Pedriza, y yo, como tengo por costumbre, iba mirando al suelo. Lo hago desde siempre: a veces se pueden encontrar auténticos tesoros mirando al suelo: setas, espárragos, trozos de terra sigillata, fragmentos de vidrio, de azulejo... Al lado de un pequeño tronco encontré al ratoncito, muerto, posiblemente de frío. Tras un instante de duda, me aseguré de que nadie me veía, lo cogí y me lo metí en la mochila. Luego, mientras todos comían su bocadillo de chopped o mortadela, fui a un lugar apartado tras una loma, hice una hoguera con piedras, palos, papel y cerillas, envolví al ratón en papel de aluminio y, ayudado por un espino largo, empecé a asarlo.

El olor a quemado alertó a mi profesor, que vino corriendo acompañado por varios de mis compañeros, quienes me miraron con un abanico de muecas que iban desde la admiración al asco.

—Jaime, ¿qué haces? ¿No sabes que está prohibido hacer fuego? ¿Y qué es lo que...? ¡Oh, Dios!

Sobra decir que enmudeció cuando vio cuál era la materia prima de mi asado.

Por esa y otras prácticas poco usuales en un chaval de trece años, empecé a visitar  frecuentemente al doctor Queraltó, a quien explicaba que lo único que pretendía era ejercitar mis habilidades para sobrevivir en caso de emergencia. Lo del ratón lo había aprendido en un libro que mi tío Felipe (en realidad, tío de mi madre) me había regalado el año anterior, poco antes de embarcarse en un viaje del que jamás volvería. En el libro, que aún conservo, se explicaban cosas tan útiles como la fabricación de trampas, el modo de trepar por una pared vertical con una cuerda, y otros ejercicios tanto físicos como psicológicos (cómo superar el asco a determinados "alimentos", por ejemplo). 

A menudo, el doctor Queraltó me preguntaba si creía necesario aprender todas esas cosas, y yo le contestaba que sí. ¿Y si un día me perdía en la selva? ¿O si ocurría una catástrofe en la ciudad y los transportes con suministros dejaban de llegar? ¿O se producía un temporal de nieve que me dejara aislado en casa? Ante mis respuestas, el doctor se limitaba a hacer anotaciones en un cuaderno, aunque yo imaginaba que pensaba que estaba como una cabra. Nunca se lo tuve en cuenta; era su trabajo.

Lo que sí me molestaba era que insinuara que la influencia del tío Felipe era la culpable de mi trastorno obsesivo o no sé qué. ¿Trastorno obsesivo? ¿Sólo porque quería estar preparado ante una posible adversidad? ¿Porque dormía siempre con una linterna al lado y llevaba siempre una navaja multiusos en el bolsillo?



El tío Felipe ya era mayor cuando yo nací, pero conservaba el porte atlético de alguien mucho más joven, así como un espíritu optimista que mantenía intacta la capacidad de sorprenderse. Él, además de enseñarme que el equilibrio del mundo era frágil, me enseñó otras muchas cosas para las que mis padres siempre estaban demasiado ocupados:  por ejemplo a leer, a escribir, a nadar, a chapurrear el inglés... incluso me inició en mundos en apariencia tan poco apropiados para un chaval como el control mental y la defensa personal.

Pero si en algo contribuyó el tío Felipe a mi formación fue en el conocimiento de las culturas antiguas. Ni siquiera mi padre, con todos sus estudios y títulos universitarios, supo transmitirme tan bien la idea de que, hace mucho tiempo, años, siglos atrás, existió una gente increíble que no por ello dejaba de parecerse a nosotros. Él me habló de los egipcios, los griegos, los romanos, los iberos... y me enseñó dónde encontrarlos y cómo comunicarme con ellos, rompiendo las fronteras del tiempo.  

Por tanto se puede decir que el puñetazo que le di a Quicote en el Museo Arqueológico por humillar a la Bicha de Bazalote era un recordatorio del respeto de mi tío a lo antiguo.

—Sigues sin controlar tu temple en esas situaciones ¿eh, Jaime? —dijo el doctor Queraltó desde detrás de su escritorio de madera. Tenía un bigote de foca que le tapaba todo el labio superior y los ojos templados de alguien acostumbrado a escuchar los problemas y los traumas de docenas de adolescentes—. No dominas tus impulsos y eso no es bueno, sobre todo porque no estás seguro de que lo que haces sea lo correcto.

Yo estaba indignado.

—¿Cómo que no? Ese idiota se lo merecía.

—No digo que no, pero veo que aún no tienes claro por qué pegaste a Enrique.

—Sí que lo sé. Estaba haciendo el indio sobre la bicha de Balazote.

El psicólogo tomó una nota en su cuaderno.

—¿Qué es la bicha de Balazote, Jaime?

—Una escultura ibera —respondí sin titubear como si estuviera en un examen de Alicia—. Representa la síntesis entre lo humano y lo animal.

—¿Y qué?

—¿Cómo que y qué?

—¿Qué relación tienes con ella? ¿No crees que si Enrique estaba poniendo en peligro la escultura, era obligación de los vigilantes del museo disuadirle?

Traté entonces de explicarle que el día previo el Barça le había metido al Madrid un tres a cero y los vigilantes estaban apenados, pero en seguida descubrí que al psicólogo no le iba el fútbol porque cambió radicalmente de tema y se fue derecho a hablar del tío Felipe.

—Tu tío empezó a formarte como persona, Jaime, de esto ya hemos hablado muchas veces. Te enseñó a defender aquello en lo que crees. Pero por desgracia se marchó antes de poder completar su labor.

—¿Qué labor?

—La de forjar tu verdadera y definitiva personalidad. ¿Qué son en realidad esas piedras para ti? Emprendiste con tu tío un viaje fascinante, Jaime. Y el haberlo dejado inconcluso ha hecho daño a tu desarrollo personal. Por eso actúas con violencia cuando alguien hace daño a algo que te recuerda a él. Y creo que sólo existe un remedio.

—¿Y cuál es? —pregunté un poco irritado. No me gustaba que me hablaran de mi tío, y mucho menos de mis traumas.

El doctor Queraltó levantó la vista de su cuaderno y la fijó en mí esbozando tras el tupido mostacho lo que yo interpreté como una comprensiva sonrisa.

—Que completes ese viaje.

Me lo quedé mirando como si me hubiera propuesto darme un paseo en su nave espacial. Se suponía que yo debía decir algo, pero sólo se me ocurrían tonterías, así que dejé que fuese él quien se explicara.

—¿Entiendes lo que te digo, Jaime? Tu tío era un hombre atípico que te legó una serie de valores muy poco comunes en la gente de tu edad, incluso en la gente mayor. Pero no me lo imagino pegando puñetazos a cualquiera que no comparta esos valores.

—Quicote no se limitaba a no compartirlos —objeté nervioso—. ¡Iba a cargarse a la Bicha!

—Sí, pero piensa en tu tío. ¿Él habría atacado físicamente a Quicote?

Tuve que reconocer que no. Mi tío era fuerte, pero tenía clase.

—¿Qué habría hecho él?

Contesté. No me hacía falta mucha imaginación para visualizar a mi tío, con su porte apuesto e imponente de pie ante Quicote, los brazos en jarras con los puños apoyados en las caderas, reprendiendo a aquel vándalo con esa voz firme y segura que amansaba a las fieras.

—Pero eso no habría valido con Quicote —insistía yo—. Él es un bestia que no atiende a razones.

—Y contra los bestias, lo mejor es comportarse como un bestia, ¿no es así?

Intuí que la pregunta tenía truco, así que no contesté.

—Jaime, Jaime... Desde que tenemos estas conversaciones has mejorado mucho. El acercarte a tu tío, a los temas que le interesaban, te ha ayudado notablemente. Los libros que lees, las películas que ves, todas las actividades que ocupan tu ocio están relacionadas con la vida aventurera y el hambre de conocimiento de tu tío. Eso ha hecho que te conviertas en un chico distinto, del que no debes avergonzarte sino sentirte orgulloso. Sé que a veces te sientes solo, como si libraras una batalla con un ejército en el que tú eres el único integrante.

—Qué bien me conoce —admití.

—Pero eso no es suficiente, Jaime. Durante todo este tiempo te has creado una burbuja de sueños y fantasías mezclados con las enseñanzas de tu tío. Dentro de poco cumplirás diecisiete años y estarás a punto de convertirte en un adulto. Y el mundo de los adultos tiene muy poco que ver con esos libros que lees o esos juegos a los que juegas. La imaginación es importante, pero también lo es que conozcas la realidad de lo que te transmitió tu tío.

—Ya conozco esa realidad. Tengo sus libros, su diario, sus cuadernos de campo... Me lo dejó todo antes de... marcharse.

—No es suficiente. La señorita Velamazán ha venido a hablar conmigo y los dos estamos de acuerdo en que un viaje a esos lugares que frecuentaba tu tío te ayudaría muchísimo a reforzar tu contacto con él y a comprender mejor la verdad sobre aquello que él amaba y defendía.

Noté que mi corazón empezaba a dar saltos en el pecho.

—¿Un viaje? ¿Está de broma?

—Alicia va a hablar con tus padres para sugerirles la idea.

—Pero mi padre nunca aceptaría. Él cree que mi tío estaba loco, que fue una mala influencia para mí y que lo mejor que ha podido pasarnos es que desapareciera. De hecho es un tema prohibido en casa.

—Alicia se encargará de hablar con tus padres. Iba a citarlos mañana a una reunión especial. Quiere que tú también estés presente.

En ese momento mi corazón bailaba un vals con mi cerebro. Sencillamente no podía creerme lo que oía. Mi psicólogo y mi profesora confabulados para mandarme de viaje a un lugar exótico. ¿No sería que querían perderme de vista para siempre? ¿Y mis padres estarían en el ajo? Aquello era tan excitante como preocupante. ¿Querían hacerme un favor o hacérselo a ellos mismos? Me imaginaba la escena. ¿Metemos al niño en la maleta y lo mandamos bien lejos, Adela? No, no, ¿qué dices? Eso es lo que haríais los Azcárate. Los Ruiz somos mucho más prácticos. Mejor dejamos que sea la señorita Velamazán quien se ocupe de empaquetarlo. Después de todo es su profesora. Tienes razón, Adela, por una vez tienes razón. Gracias, Fernando. Además el doctor Queraltó está de acuerdo, por lo que la medida tiene base terapéutica. Así no nos sentiremos tan mal.

Aquella noche me paseé como un tonto por delante del dormitorio de mis padres, sólo para llamar su atención, pero enseguida me di cuenta de que ellos no sabían nada. Lo único que me habían dicho durante la cena (mi madre, porque mi padre estaba ocupado leyendo unas bibliografías para su libro sobre los hititas)  era que al día siguiente tenían una reunión con mi tutora.

—A saber qué has hecho esta vez —barruntó mi padre sin despegar los ojos de sus papeles.

Me costó dormirme. Ni siquiera la excitante aventura de Buck, el perro lobo de "La llamada de la selva" consiguió hacerme olvidar las enigmáticas palabras del doctor Queraltó.

Sólo hay un remedio. Que completes ese viaje.

           Una vez más la idea de un plan urdido por padres, profesores y psicólogos para apartarme de la circulación se hizo sólida en mi mente.

            Esperaba al menos que no me mandaran a Alaska, con lo friolero que soy.